Cada nochevieja veo más comportamientos supersticiosos que no entiendo. Que si las uvas se llaman ahora "de la suerte", que si algo rojo, que si el anillo en el champán (!) ...

Y todo eso para celebrar un acontecimiento que en nada nos afecta y del cual sólo somos meros espectadores: el hecho de que la Tierra ha dado otra vuelta más al sol. Otra vuelta más sumada a los millones de vueltas que lleva.

Y como espectadores veo difícil esperar que el hecho de que la Tierra empiece a dar una nueva vuelta sirva para hacernos a nosotros más felices o mejores personas.

La vida es algo continuo, sin cortes. Convertirse en mejores personas es algo que se va haciendo imperceptiblemente. Cuando, echando la vista atrás, vemos que ya no hacemos lo de antes. O que ni siquiera pensamos igual ante las situaciones que antes nos afectaban.

Algunas veces nos sentimos mejor cuando pasan cosas buenas y nos sentimos peor con las cosas malas. Pero un día, pensando, vemos que ya no nos sentimos tan mal con las malas. Por eso, resumir los últimos 365 días con una sola etiqueta - o blanco o negro- no nos hace ningún bien, pues nos hace perder la perspectiva de los grises, de las mejoras imperceptibles que, sumadas, consiguen un cambio perceptible.

Siempre desconfié de quien quería que todo fuera mejor para ese periodo de tiempo en que tarda la Tierra en dar una vuelta al sol, pues a la Tierra y al sol les traemos sin cuidado.

Si después de esto os preguntais si tomé las uvas os diré que sí. Sin embargo, cada vez estoy más convencida de que para mí es un rito vacío de sentido. Creo que lo que queda sólo es una afectiva reminiscencia de tiempos infantiles, cuando vivía el momento con una intensidad inocente que aún recuerdo con cariño.