Mi intención hoy era escribir sobre mis fobias. O mejor dicho sobre mi fobia, pues en realidad sólo es una, aunque la puñetera se ramifica. La idea era actuar conforme a eso que dicen normalmente: si no puedes con tu enemigo únete a él. Así que lo que quería hacer era no tomarla en serio, reírme de ella.

Así que empecé. Mi fobia es bastante simple y común, en realidad. Un miedo irracional hacia las inyecciones. No es que me ocurra a menudo, pero cuando ocurre me mareo, se me nubla la vista, se cae y se me cae tensión al suelo hasta perder el conocimiento. La verdad que no mi cuerpo no tiene ningún mérito al inducirse una bajada de tensión, pues ya de normal la tengo baja... El problema más grave es cuando se extrapola a otros ámbitos, como por ejemplo, ir al cine. Sí, no será la primera vez que tengo que salir de la sala al ver pinchar a alguien.

Y así, pensando yo en que no me gusta que me pinchen ni harta vino, me di cuenta de una cosa. Deje de pensar en mí y me acordé de los demás. Es cierto, fue como una evolución hacia afuera. Hacia las personas que sí tienen que sufrir pinchazos de manera crónica, como las diabéticas, o hacia la gente que tiene algun tipo de cancer y tiene que sufrir los rigores de la quimioterapia, etc. Y acordándome de todo eso y pensé en lo fútil de mi fobia, y que si en vez de preocuparme por ella, dedicaba el tiempo a ayudar a otro ser humano, esa ayuda habría valido por todos los desmayos que hubiera podido tener.

Por todo ello ya no voy a hablar más de mi fobia.