¡Cuántas veces no hemos sabido cómo decir que no a algún colega que nos proponía algo que no nos apetecía nada! Al final hemos acabado yendo a regañadientes, pensando que todo sea por la amistad...

Tres cuartos de lo mismo pasa con otros asuntos más relevantes en la vida. Conozco gente que no intenta siquiera dedicarse a la profesión que le gusta porque se siente avergonzada de ella. También a gente que se casa en vez de unirse como pareja debido a la posible reprimenda familiar.

Sin embargo, teóricamente sabemos que las posibilidades que tenemos de hacer cosas son mucho más amplias: a esa amistad podíamos haberle respondido tanto sí como no, podemos dedicarnos a una profesión o a otra, somos libres de elegir nuestro propio estado civil. En estos casos, por el contrario, se limitaban a tomar la decisión que parecía satisfacer a los demás.

Es decir, tenemos casi infinitas posibilidades de elección. ¿Por qué elegimos un puñado? ¿Por qué, además, ese puñado de opciones elegidas son las que estarían satisfaciendo a otras personas?

Fromm escribió una vez que el ser humano en esta sociedad había alcanzado unas cotas muy altas de libertad. Tales cotas serían abrumadoras para él. Ante ello, limitaría y restringiría su libertad a un cómodo marco de referencia que controlaría, confortable y práctico.

En vez de ejercer la libertad plena, el individuo se permitiría restringir sus posibilidades de elección a las opciones, gustos y decisiones de los demás.

Hay que admitir que en realidad es un método cómodo, pues hacer lo que otras personas quieren, exculpa la responsabilidad individual. Es práctico, porque cada cual sabe a que atenerse, y es controlable, sólo hay que dejarse llevar, no pensar, dejar que otras personas piensen por un@ mism@.

El coste, sin embargo, es alto. Significa renunciar a muchas de las propias necesidades y preferencias.