Pamplona es una ciudad pequeña, de costumbres y tradiciones especialmente arraigadas. Tener unas ideas y creencias propias de una minoría se hace extraño a la hora de convivir con ellas, ineludibles y permanentes costumbres. Es cierto que en todas partes hay gente con los mismos problemas y preocupaciones, y con los mismos intereses, pero cuando alguien con visión cosmopolita se desarrolla y crece dentro de un grupo más tradicional su adaptación puede ser complicada.

Las relaciones humanas por aquí se basan en grupos, cuadrillas, más o menos cerradas. Quien viene de fuera no lo tiene fácil para integrarse, aunque si se consigue, se dice que con la gente de aquí se crean unos vínculos de amistad mucho más leales que en muchos otros sitios. Sin necesidad de ser ajeno al grupo, también dentro del mismo existen diversas opiniones y formas de ver las cosas, de las cuales, unas se imponen a otras. Así, la existencia de una inercia en el grupo, que con el paso de los años se va haciendo más patente, podría impedir progresar en él, o bien resultar difícil el hacerlo. Hay unas reglas no escritas, convencionalismos, que se gestaron con la formación del grupo, cuyo cumplimiento parece obligado por la pura inercia. A quien no las cumple se le mira de manera extraña, como si no hubiera razones para que actuara de esa manera.

Sin embargo, leyendo a Russell, aunque también a Ellis, Fernando Savater y tantos otros, parece ser que las dificultades para cambiar esa inercia o dejar claro que la propia oinión es otra, es algo muy común y a la vez, una barrera difícil de romper aquí y en tantos otros sitios del mundo. En realidad, no habría ninguna razón objetiva para seguir haciendo o comportarse de otra manera a la que a cada uno de gustaría. Seguir la inercia del grupo puede ser cómodo, pero también puede convertir el tiempo de ocio en un foco de infelicidad. Aunque a otras personas esa situación les satisfaga, para una persona que no está cómoda, no vale la pena, y deberia discrepar, siguiendo su propio criterio.

Teóricamente, una vez rotas las barreras de los convencionalismos, se observa que las cosas cambian. Entre otras cosas, queda claro que la valoración que se hace de cada persona no es por su manera de comportarse en el grupo sino por cómo es. Y se llega a la paradoja de que en realidad se valora más a alguien que sigue sus propias normas que quien sigue al grupo cual borrego. Se afirma, además, que quien rompe las reglas, en primer lugar, se siente más libre pues actúa según sus convicciones y, en segundo lugar, valora más la amistad con los demás puesto que sus relaciones sociales ya no son insatisfactorias. Pero romper no es fácil y hay quien nunca lo intenta....