La Coctelera

Categoría: Idea irracional 09 Historia

Siempre hay una razón

¿Te has preguntado alguna vez por qué muchas veces las cosas no salen como a tí te gustaría que salieran? ¿O por qué esa persona desagradable sigue molestando? A veces nos gustaría que las cosas fueran de la manera que a nosotros nos favorece, o que no tuvieramos que tratar con determinadas personas.

No obstante, hay cosas, como ya sabemos, que escapan a nuestro control y no podremos evitarlas. Conoceremos personas cuyo trato es difícil, personas que pueden tener envidia de otras, y personas que sólo buscan su propio bienestar, sin importar qué le pasa al mundo. Y no siempre podremos evitar que se nos escape el autobús, o que un plan de playa y sol nunca se estropee por mal tiempo.

Aun así, por mucho que lo sepamos, hay que reconocer que el que no salgan las cosas como nos gustaría es algo que resulta fastidioso. Sin embargo, está claro que la realidad es la realidad. Mejor que llorar porque las cosas son así, podemos esforzarnos por entender la razón de que ocurriera de esa manera, aunque no fuera conveniente a nuestros deseos.

Por ejemplo, habíamos quedamos con una persona y nos falla. No es una situación agradable, pero es algo que entra en el conjunto de sucesos posibles. O, en otro caso, se estropea la tele cuando estamos viendo el partido más emocionante de la temporada. Tampoco sirve de nada ponerse a llorar ya que siempre existe alguna probabilidad de que la tele se estropee. Y esa probabilidad es aun mayor si la televisión estaba ya vieja.

Del mismo modo, el hecho de que conozcamos a alguna persona que nos hace la vida imposible no es algo improbable en una sociedad de individuos y relaciones sociales. Vivimos relacionándonos porque la vida es más agradable con amig@s. Entra, pues, dentro de los sucesos posibles, el que conozcamos a gente maja o no tan maja.

Pero otras veces también somos nosotr@s quienes tentamos a la suerte... o quienes enseñamos (inconscientemente) a los demás determinados comportamientos. Uno típico es que no hace falta que nos apoyen cuando lo necesitamos... y luego nos quejamos de que no recibimos ayuda, pero claro, es que había una razón para ello!

Creo que siempre existe una razón objetiva para todo. Una razón que puede provenir de lejos, pero está ahí, en algún lugar, oculta en cualquier parte. No es fácil encontrarla y en absoluto es sencillo verla porque muchas veces implica ampliar nuestras miras: ver más allá de lo que vemos, buscar el porqué de las cosas o entender el comportamiento de las personas.

Influencias del pasado

Mucha gente cree que el pasado tiene una influencia determinante en su vida actual. Aunque esto en parte es cierto estas personas no están considerando algunas cosas:

- Todo el mundo ha sufrido alguna algo a lo que no supo responder como hubiera querido. Si una vez alguien discutió con sus amig@s y la discusión acabó como el rosario de la aurora, no significa que hoy, unos años más tarde, deba seguir discutiendo con las mismas premisas que antes. Es cierto que una vez aprendido un comportamiento no es muy común probar otras respuestas ante los mismos estímulos. De ahí que aparezca muchas veces lo que los psicólogos denominan indefensión aprendida.

Esas soluciones, que a lo mejor sirvieron una vez, no tienen porqué valer siempre. Sin embargo, es fácil recurrir a ellas porque, como suele decirse, así es “como soy”.

- Aunque sea inconscientemente, dejarse influir por el pasado puede servir para evitar hacer el esfuerzo de cambiar en el presente. Es muy típico el decir: siempre he sido así, luego es imposible cambiar.

Sin embargo, sí es posible plantear otros estilos de respuesta. Es cuestión de ver la situación en frío. Obviamente, no se trata de renunciar a todas las influencias pasadas, sino sólo desafiar aquellas más perjudiciales en la actualidad.

Las secuelas del autoritarismo

Hoy quiero tocar un tema educativo. El autoritarismo como actitud familiar entre padres (especialmente), madres e hij@s. Por suerte ya está cayendo en desuso, sin embargo la generación que lo ha sufrido está pagando aún sus consecuencias.

Haber tenido padres autoritarios, según el modelo tradicional familiar, tiene varias consecuencias negativas para quien recibe esa actitud jerárquica.

En primer lugar se presupone que el niño/a que recibe esa educación no sabe actuar sólo. Esto puede ser cierto en las primeras etapas de la vida, pero deja de serlo a partir de cierta edad. El problema es que la actitud apenas cambia con el crecimiento de la criatura.

Como consecuencia, el hijo o la hija toman por bueno todo lo que se les dice. En cambio toman por malo cualquier actitud que muestre independencia a la hora de tomar de decisiones. Esto conlleva de una forma inmediata a la pérdida de autonomía.

Esta actitud autoritaria es vista como algo normal (corriente) en el hijo o hija, pues se impone desde que nace. Como se considera normal, se percibirá durante toda la vida, asumiendo por lo tanto que otros son responsables de lo que un@ hace.

Esto se manifiesta en todos los aspectos de la vida. Por ejemplo: la persona se organiza en función de parámetros externos, no de lo que ella piensa que es más conveniente en cada momento. Se adapta a lo que hay y no se plantea la opción de modificarlo. Esto puede concretarse, entre muchas cosas, en el uso del tiempo, tema del que ya hablé en otra ocasión.

Además espera que sean los demás quienes le digan (esto no siempre es consciente) si lo que hace agrada o no. Espera aprobación o rechazo, pero siempre actúa esperando, nunca o casi nunca por iniciativa propia.

A un nivel más amplio, termina aceptando puestos de trabajo de poca iniciativa y responsabilidad. Las relaciones sociales también vienen contaminadas. Se basan muchas veces en prestar más atención a lo que quieren otras personas que a plantearse, si quiera alguna vez, qué le gusta a esa persona.

La única forma de acabar con el bagaje del autoritarismo sería siendo conscientes del mal que puede causar a todos los niveles.

Los convencionalismos

Pamplona es una ciudad pequeña, de costumbres y tradiciones especialmente arraigadas. Tener unas ideas y creencias propias de una minoría se hace extraño a la hora de convivir con ellas, ineludibles y permanentes costumbres. Es cierto que en todas partes hay gente con los mismos problemas y preocupaciones, y con los mismos intereses, pero cuando alguien con visión cosmopolita se desarrolla y crece dentro de un grupo más tradicional su adaptación puede ser complicada.

Las relaciones humanas por aquí se basan en grupos, cuadrillas, más o menos cerradas. Quien viene de fuera no lo tiene fácil para integrarse, aunque si se consigue, se dice que con la gente de aquí se crean unos vínculos de amistad mucho más leales que en muchos otros sitios. Sin necesidad de ser ajeno al grupo, también dentro del mismo existen diversas opiniones y formas de ver las cosas, de las cuales, unas se imponen a otras. Así, la existencia de una inercia en el grupo, que con el paso de los años se va haciendo más patente, podría impedir progresar en él, o bien resultar difícil el hacerlo. Hay unas reglas no escritas, convencionalismos, que se gestaron con la formación del grupo, cuyo cumplimiento parece obligado por la pura inercia. A quien no las cumple se le mira de manera extraña, como si no hubiera razones para que actuara de esa manera.

Sin embargo, leyendo a Russell, aunque también a Ellis, Fernando Savater y tantos otros, parece ser que las dificultades para cambiar esa inercia o dejar claro que la propia oinión es otra, es algo muy común y a la vez, una barrera difícil de romper aquí y en tantos otros sitios del mundo. En realidad, no habría ninguna razón objetiva para seguir haciendo o comportarse de otra manera a la que a cada uno de gustaría. Seguir la inercia del grupo puede ser cómodo, pero también puede convertir el tiempo de ocio en un foco de infelicidad. Aunque a otras personas esa situación les satisfaga, para una persona que no está cómoda, no vale la pena, y deberia discrepar, siguiendo su propio criterio.

Teóricamente, una vez rotas las barreras de los convencionalismos, se observa que las cosas cambian. Entre otras cosas, queda claro que la valoración que se hace de cada persona no es por su manera de comportarse en el grupo sino por cómo es. Y se llega a la paradoja de que en realidad se valora más a alguien que sigue sus propias normas que quien sigue al grupo cual borrego. Se afirma, además, que quien rompe las reglas, en primer lugar, se siente más libre pues actúa según sus convicciones y, en segundo lugar, valora más la amistad con los demás puesto que sus relaciones sociales ya no son insatisfactorias. Pero romper no es fácil y hay quien nunca lo intenta....