La Coctelera

Categoría: Idea irracional 07 Apatia

Haz una lista de deseos, no de obligaciones

El título de este artículo, que es el eslogan de un anuncio televisivo, me parece muy sugerente por lo que induce a pensar. Yo lo entiendo como una invitación a convertir tus obligaciones en deseos, es decir, en ver tus obligaciones diarias, tu quehacer diario como algo que te apetece hacer, como algo que haces por gusto, por el placer de hacerlo.

Hay mucha gente que se agobia por las dificultades de su vida, de su trabajo, de sus obligaciones. Creo que a veces no es tanto por el qué ha de hacer, sino por el cómo ha de hacerlo.

Algunas personas buscan la perfección en todo lo que hacen. En parte esto tiene su sentido; es preferible hacer las cosas bien por razones obvias y prácticas (como poder pedir un aumento de sueldo, lograr reconocimiento, etc) pero pretender que todo salga perfecto se revela como algo prácticamente imposible. Es así por la propia naturaleza del ser humano, que es falible.

Y aun suponiendo que se pudiera hacer todo perfectamente bien, habría que gastar muchas energías y mucho tiempo que estarían mucho mejor empleados en otras tareas (incluyendo el ocio). Además tanta ansiedad por lograr la perfección puede llevar a somatizar el estrés (aparecen úlceras, migrañas, etc).

Es mejor que consideremos como una preferencia el intentar hacer bien las cosas. Que no lo consideremos como una necesidad imperiosa, pues no todo el mundo está igualmente preparado para todo por igual. No todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades de aprender ciertas cosas, ni tiene el mismo apoyo en su familia, ni los mismos recursos... etc. Como decía en otro artículo, siempre hay una razón.

Lo importante es la actitud que se tenga en relación a la tarea de emprender algo. Es decir, si estoy satisfecha con la manera (el cómo) de hacer mi trabajo, sabiendo que tengo mis limitaciones (las conozca o no).

Cuando nos preocupamos más de cómo hacemos las cosas y no tanto de lo que hacemos o no, ocurre que nos gusta cuidar el proceso de lo que estamos haciendo (no sólo el resultado). Tenemos un objetivo propio, que es nuestra propia satisfacción. No es un objetivo ajeno, como el sueldo que recibiremos o el aplauso que nos darán.

Por eso, independientemente de la remuneración que recibas, tengas o no trabajo, tengas un contrato de corta duración o indefinido, lo importante es hacer. Y luego hacer buscando la propia satisfacción. Pregúntate de vez en cuando y sinceramente cuál es el objetivo por el que luchas. Para llegar a hacer las cosas bien no hay otra receta que practicar, practicar y practicar.

El aprendizaje como viaje iniciático

Es un hecho que los seres humanos aprendemos cosas desde el primer hasta el último día de nuestra vida. Estamos continuamente aprendiendo. Los primeros años aprendemos las cosas más básicas, a andar, a hablar. A medida que nos hacemos adultos aprendemos otras habilidades cada vez más complejas: a hablar en público, a negociar con otros, a preocuparnos menos, a tolerar más o menos cosas... a lograr un crecimiento personal cada vez mayor, en definitiva.

Igualmente que a nadar se aprende nadando, a ser se aprende siendo.

Es en la infancia donde las cosas que aprendemos más nos marcan para el futuro, pues no llevábamos ningún bagaje previo. Este aprendizaje lo realizamos copiando lo que vemos a las personas de nuestro alrededor. Pero no copiamos sólo las conductas, sino también sus actitudes ante la vida, sus costumbres, sus hábitos. Y con esto echamos a andar en la vida. Este pan que llevamos bajo el brazo va modelándose en función de las experiencias vividas y de las amistades que hacemos.

Hay gente asombrosamente abierta a aprender de otras, a estudiar las actitudes y comportamientos de los demás. Con eso esa persona se enriquece. La clave para abrirse a nuevas experiencias está en no pensar que nuestro pan es el único válido, sólo por la única (y estúpida) razón de que fue el primero que adquirimos.

Negar que una persona puede cambiar en cualquier etapa de su vida es negar esa capacidad innata que todos tenemos que se llama aprendizaje.

Un soplo de aire fresco

La confianza es saber mantenerse cada cual sobre sus dos pies y saber que un@ puede valerse de sus propios medios, conociendo racionalmente sus capacidades y limitaciones.

Por desgracia, la confianza no es algo que se tenga la suerte de aprender en esta sociedad. No se aprende a creer en un@ mism@, más bien se aprende a depender de los demás. Eso llevado al límite, significa acabar creyendo que lo que sale bien es pura casualidad, mientras que lo que sale mal es por los propios errores.

A medida que nos vamos abandonando, que vamos dejando atrás nuestros proyectos, se está traicionando esa fe, minando esa confianza en las propias posibilidades. Sin embargo, la confianza sólo surge de hacer algo, nunca de evitarlo. Evitar retos lleva a ser una persona temerosa, y ser una persona temerosa lleva a seguir evitando retos. Un circulo vicioso en toda regla. Para romperlo basta entender que la vida es movimiento, actividad y acción, nunca inacción. La inacción puede ser recomendable entre periodos de actividad, pero llega a ser fatal si ocupa la mayor parte de la vida.

Quien busca la seguridad y la tranquilidad como condiciones primarias de vida no tiene confianza en sus posibilidades. Tener confianza significa tener ilusiones pero también aceptar algunas desilusiones. Significa aprovechar los reveses de la vida en beneficio propio y no como un castigo considerado injusto e inmerecido. Para tener confianza es imprescindible creer en unos valores, saber que por difíciles que sean de alcanzar, nada es imposible y, en consecuencia, afanarse por apostarlo todo a ellos.

Posibilidades infinitas

¡Cuántas veces no hemos sabido cómo decir que no a algún colega que nos proponía algo que no nos apetecía nada! Al final hemos acabado yendo a regañadientes, pensando que todo sea por la amistad...

Tres cuartos de lo mismo pasa con otros asuntos más relevantes en la vida. Conozco gente que no intenta siquiera dedicarse a la profesión que le gusta porque se siente avergonzada de ella. También a gente que se casa en vez de unirse como pareja debido a la posible reprimenda familiar.

Sin embargo, teóricamente sabemos que las posibilidades que tenemos de hacer cosas son mucho más amplias: a esa amistad podíamos haberle respondido tanto sí como no, podemos dedicarnos a una profesión o a otra, somos libres de elegir nuestro propio estado civil. En estos casos, por el contrario, se limitaban a tomar la decisión que parecía satisfacer a los demás.

Es decir, tenemos casi infinitas posibilidades de elección. ¿Por qué elegimos un puñado? ¿Por qué, además, ese puñado de opciones elegidas son las que estarían satisfaciendo a otras personas?

Fromm escribió una vez que el ser humano en esta sociedad había alcanzado unas cotas muy altas de libertad. Tales cotas serían abrumadoras para él. Ante ello, limitaría y restringiría su libertad a un cómodo marco de referencia que controlaría, confortable y práctico.

En vez de ejercer la libertad plena, el individuo se permitiría restringir sus posibilidades de elección a las opciones, gustos y decisiones de los demás.

Hay que admitir que en realidad es un método cómodo, pues hacer lo que otras personas quieren, exculpa la responsabilidad individual. Es práctico, porque cada cual sabe a que atenerse, y es controlable, sólo hay que dejarse llevar, no pensar, dejar que otras personas piensen por un@ mism@.

El coste, sin embargo, es alto. Significa renunciar a muchas de las propias necesidades y preferencias.

Los partidos de la vida

Se dice que el fútbol es un reflejo, a escala, de muchos de los aspectos básicos de la vida, emoción, penas, alegrías, sufrimiento, etc. En estos días, inmersos en pleno mundial, se observa mejor que nunca.

Miles de aficionados y aficionadas se hunden cuando las cosas no salen como cada uno/a quiere, encajar un gol... y se acabó todo... Igual que en el día a día, un contratiempo, algo inesperado genera inevitablemente una frustración.

Sin embargo, la buena noticia es que parece ser que esa frustración podría ser evitada en cierto grado. Pongamos el caso en el que se culpa al arbitraje de la derrota del equipo por el que apuesta cada cual. ¿Tendríamos la misma reacción si...?

a) Se comete una falta clara y el árbitro, sin razón aparente, no la pita.

b) Se comete una falta y el árbitro justo en ese momento se desmaya por el calor y no la pita.

El resultado en los dos casos es el mismo. Se comete una falta y no se pita. Sin embargo, ¿por qué en el segundo caso el enfado no es igual que en el primero? Esto ocurre porque en el primer caso, a diferencia del segundo, se mantiene, seguramente de forma inconsciente, una actitud subjetiva y moralista por la que se exige al árbitro que no cometa ni un sólo error.

Entonces, ¿cabrearse con el arbitraje es, en general, una actitud razonable? En un primer momento parece inevitable, pero ¿tiene sentido seguir enfadándose durante más tiempo? Pues es obvio que el árbitro es humano y es también sabido que los seres humanos, por su naturaleza biosocial, son falibles.

Así que de ellos, en un momento u otro, no se pueden esperar más que errores. No es ley de Murphy, es la simple realidad. Por lo tanto, no parece que mantener el enfado sea realmente una actitud muy razonable, a menos, claro, que alguien quiera acabar con su hígado.

Y si eso vale para el fútbol, también debería valer para la vida.

¿Evitas las dificultades?

A veces pensamos que ojalá no tuviéramos que hacer las cosas que tenemos que hacer, en irnos a otro sitio, estar en la playa sin hacer nada, en no tener que trabajar nunca más.... A veces soñamos despiertos. Luego a veces también ocurre que nos sentimos culpables de no haber aprovechado el tiempo.

No es que haya que calificar de vaga a la gente cuando evita las cosas a hacer. En realidad lo que pasa que cree que los beneficios de no hacer sus tareas o enfrentarse a las dificultades que conlleva, son mayores que los costes de hacerlas. Parece más fácil “dejar para mañana” que ponerse con una tarea pesada. Sin embargo, no se están considerando dos costes importantes. Estos son:

- Antes de decidir no hacer algo, nos torturamos literalmente durante horas con un montón de buenas excusas y razonamientos para convencernos de que es mejor no hacer eso de momento (o no hacerlo nunca). La verdad es que haber hecho lo que debíamos nos hubiera costado menos dolores de cabeza.

- No parece que la gente sea más feliz cuando hace poca cosa o nada. Según han demostrado algunas psicólogas como Magda Arnold, a la gente le va mejor cuando tiene un proyecto en la vida a largo plazo y se dedica a él de manera constante y relativamente tranquila. La vida fácil y sin responsabilidades, entonces, solo puede ser buena de manera temporal (como las vacaciones), si no, llega a ser algo fastidioso.