El título de este artículo, que es el eslogan de un anuncio televisivo, me parece muy sugerente por lo que induce a pensar. Yo lo entiendo como una invitación a convertir tus obligaciones en deseos, es decir, en ver tus obligaciones diarias, tu quehacer diario como algo que te apetece hacer, como algo que haces por gusto, por el placer de hacerlo.
Hay mucha gente que se agobia por las dificultades de su vida, de su trabajo, de sus obligaciones. Creo que a veces no es tanto por el qué ha de hacer, sino por el cómo ha de hacerlo.
Algunas personas buscan la perfección en todo lo que hacen. En parte esto tiene su sentido; es preferible hacer las cosas bien por razones obvias y prácticas (como poder pedir un aumento de sueldo, lograr reconocimiento, etc) pero pretender que todo salga perfecto se revela como algo prácticamente imposible. Es así por la propia naturaleza del ser humano, que es falible.
Y aun suponiendo que se pudiera hacer todo perfectamente bien, habría que gastar muchas energías y mucho tiempo que estarían mucho mejor empleados en otras tareas (incluyendo el ocio). Además tanta ansiedad por lograr la perfección puede llevar a somatizar el estrés (aparecen úlceras, migrañas, etc).
Es mejor que consideremos como una preferencia el intentar hacer bien las cosas. Que no lo consideremos como una necesidad imperiosa, pues no todo el mundo está igualmente preparado para todo por igual. No todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades de aprender ciertas cosas, ni tiene el mismo apoyo en su familia, ni los mismos recursos... etc. Como decía en otro artículo, siempre hay una razón.
Lo importante es la actitud que se tenga en relación a la tarea de emprender algo. Es decir, si estoy satisfecha con la manera (el cómo) de hacer mi trabajo, sabiendo que tengo mis limitaciones (las conozca o no).
Cuando nos preocupamos más de cómo hacemos las cosas y no tanto de lo que hacemos o no, ocurre que nos gusta cuidar el proceso de lo que estamos haciendo (no sólo el resultado). Tenemos un objetivo propio, que es nuestra propia satisfacción. No es un objetivo ajeno, como el sueldo que recibiremos o el aplauso que nos darán.
Por eso, independientemente de la remuneración que recibas, tengas o no trabajo, tengas un contrato de corta duración o indefinido, lo importante es hacer. Y luego hacer buscando la propia satisfacción. Pregúntate de vez en cuando y sinceramente cuál es el objetivo por el que luchas. Para llegar a hacer las cosas bien no hay otra receta que practicar, practicar y practicar.
